Fullmetal Alchemist

El Círculode la Verdad

«El ser humano no puede obtener nada sin dar antes algo a cambio.»

Tres círculos te separan de la Puerta

Se escucha mejor con sonido

Círculo I · III

Recorre el borde con el dedo sin soltar

Grecia,

Existen puertas que no conducen a ningún lugar, y otras que solo se abren ante el guerrero lo suficientemente poderoso para afrontar los secretos que resguardan.

Hoy me siento como un alquimista incrédulo frente a las magias que Dios trazó en su círculo de transmutación. Yo, que solo caminaba por praderas y montañas sin rumbo fijo, preguntándome cuál era el sentido de amar a alguien; cosas tan extrañas, tan cercanas y a la vez tan distantes, que dejan el corazón tan hueco como el de un homúnculo que vaga sin punto de llegada.

Dicen que la alquimia obedece a una sola ley: que nada se obtiene sin entregar antes algo de igual valor. He repasado esa ley mil veces y contigo la balanza jamás me ha cuadrado. No recuerdo haber trazado el círculo, ni haber pagado el precio, ni haber perdido nada en el intento; y sin embargo, un día la puerta se abrió y estabas tú del otro lado.

Qué curioso es toparse con un ángel que mantiene sus puertas cerradas por su propia historia... pero más curioso aún, cuando ese ángel se convierte en un paraíso y abre sus puertas con la transmutación del alquimista, revelando el edén que habita en ella y permitiéndole cruzar el umbral. Sentir su delicado aroma hipnotizante, rozar sus labios y perderse en su sonrisa, escuchar sus deseos y convertirlos en realidad con el intercambio equivalente de sus manos y su cuerpo.

Qué hermoso es ver al alquimista anonadado ante sus ojos, viajando a través del universo al compás de los gemidos celestiales de esa preciosa reina vikinga, de esa maravillosa ángel celestial que le permitió conocer un mundo donde cada batalla alquímica solo acontece entre el placer, la locura y el deseo, como si la propia Puerta de la Verdad se abriera para mostrarle el cosmos.

Dos hermanos cruzaron el mundo entero buscando la piedra que lo devolvía todo, y solo al final comprendieron que la piedra nunca fue lo importante: lo importante era no haberse soltado jamás la mano. Yo también lo entendí tarde, mi amor, pero lo entendí. No busco ninguna piedra. Ya tengo lo que ningún alquimista ha sabido fabricar.

Y si algún día el mundo viene a cobrarme el intercambio equivalente por todo esto, que venga. Lo estaré esperando con las manos abiertas. Que se lleve lo que quiera, menos a ti.

Te quiero, Grecia. Mi reina vikinga.

Ley del intercambio equivalente